‘Cuando acecha la maldad’, crítica: la película de terror más aterradora del año

Demián Rugna ya había sorprendido al público en el año 2017, con Aterrados (disponible en Prime). En la primera escena de la película, una mujer muere tras ser golpeada con crueldad por una fuerza invisible. En la quinta, un hombre se enfrenta a un monstruo espeluznante debajo de su cama. Pero es la secuencia que muestra el cadáver momificado de un niño sentado a la mesa en el comedor de su madre, la que desconcertó por completo. Incluso los fanáticos más acérrimos al terror, se sorprendieron por una imagen de pesadilla que demostró la ambición del realizador y guionista.

El tipo de terror que mostró la película, fue algo más que una historia de horror. También, fue una que exploraba en los peores temores y preocupaciones colectivas. En especial, acerca de la muerte y la sustancia de lo maligno.

Cuando acecha la maldad, la ganadora del Festival de Cine de Sitges 2023, sigue la misma línea. Pero aún más, se convierte en una perspectiva acerca del cine de género que transgrede por completo cualquier límite establecido dentro de él. Desde imágenes que provocan directamente repulsión, hasta convertir a cada personaje en víctima y agresor. Si algo distingue a la cinta, es que no podría describirse solo como un relato de terror. 

También, se trata de una mirada hacia la oscuridad del mal, a la manera de un hecho infeccioso, perturbador y devastador. Lo que comienza con la premisa del habitual tópico de la posesión, termina por ser un escenario que abarca una variedad de temas inquietantes. Personajes que matan, se mutilan y mutilan. Criaturas que emergen de la carne humana descompuesta. Poco a poco, el argumento deja atrás cualquier parecido con propuestas semejantes para narrar una combinación entre lo sangriento y un subtexto relacionado con la naturaleza macabra del ser humano. Todos podemos ser monstruos o tenemos el potencial para serlo. Únicamente, es necesario el poder que desate el horror.

El miedo que se extiende como una red

La película comienza de manera en apariencia sencilla. Los hermanos Pedro (Ezequiel Rodríguez) y Jimmy (Demian Salomon), encuentran a un hombre infectado por algún tipo de fuerza desconocida. En el mundo imaginado por Demián Rugna, la posesión no conlleva únicamente la capacidad de un ente desconocido de habitar un cuerpo humano. También, implica la degradación y destrucción de cada parte y elemento que lo conecta con su naturaleza racional. Poco a poco, esta versión sobre el mal, se convierte en una ola de contaminación que se sale de control con imparable rapidez. Lo que hace que el largometraje cambie de ritmo de inmediato. De un argumento trágico a uno cuya crudeza incómoda.

Pero el guion, tiene la habilidad de no convertir su relato en una sucesión de horrores cuyo único propósito es impresionar y desagradar. Cuando acecha la maldad, es una narración que sigue un hilo de ideas muy claras. El mal — externo, a la manera de una enfermedad incontenible — es contagioso. Y no se manifiesta como una serie de situaciones claras.

Terror sin matices

Tanto una mujer embarazada puede volverse una criatura voraz, como una niña, un monstruo sediento de sangre. Si algo sorprende en la película, es su falta de piedad, conmiseración o deseos de redención. Todos los personajes son capaces de actos de una crueldad terrorífica y de demostrar, que lo sea que influye sobre ellos, utiliza lo que encuentra en la mente de quienes posee. 

Demián Rugna alcanza un equilibrio entre mostrar todo lo que sus criaturas infectadas pueden hacer y un subtexto brutal, sobre lo que no se muestra. ¿Hasta dónde podría llegar esta infección de poseídos, que convierte a cualquier ser humano en seres desquiciados y putrefactos? Con recursos visuales basados en efectos prácticos y un apartado visual que emplea luces y sombras con habilidad, el director logra que el gran enigma sea hasta dónde puede llegar lo que muestra, se convierta en un punto fatalista.

Mientras sus personajes huyen e intentan sobrevivir, el mundo, más allá del pueblo en que viven, se convierte en terreno fértil para la siniestra fuerza que liberaron. Un punto que permite a la película tener muchas más dimensiones de la que cabría suponer en una producción de presupuesto moderado. 

Un tercer tramo que decepciona

No obstante, Cuando acecha la maldad pierde parte de su impacto, cuando intenta explicar o subrayar sus ideas, que no necesitan ser profundizadas en exceso. Su argumento, que depende del misterio, se hace apresurado y endeble, al intentar buscar raíces religiosas o mitológicas al fenómeno que cuenta. 

De su brillante primera parte — en las que la brutalidad sangrienta llena la pantalla, en combinación con historia que avanza sin tropiezos — el acto final de la cinta decepciona. En especial, cuando el intento de utilizar una especie de posibilidad de milagro fruto del azar, desequilibra la tensión del guion.

Con todo, Cuando acecha la maldad, logra que ese traspié, sea poco importante en comparación al conjunto de sus buenas ideas y el desarrollo de su arco principal. Un logro que se sostiene en una secuencia final para la historia del cine del terror y que deja claro, que este relato del mal, como ente devorador, no ha hecho más que empezar.

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