He pasado un año viviendo y trabajando sin teléfono y mi vida ha mejorado radicalmente: 6 lecciones que he aprendido

Llevo 15 minutos parado en el punto de encuentro acordado preguntándome si mi amigo vendrá a recogerme antes de nuestro partido de tenis. No puedo llamarle ni enviarle un mensaje de texto porque ya no tengo móvil. Por el momento, espero, confío y leo mientras el reloj sigue corriendo.

Mientras reflexiono sobre si debo volver a casa andando, un coche toca el claxon desde la distancia, encendiendo las luces. Mi amigo me saluda.

El vehículo pone rumbo a las pistas y mi mente retrocede en el tiempo.

Hace unas semanas, el cargador de mi móvil dejó de funcionar y, como experimento, decidí ver si podía estar sin él durante un par de semanas.

Sin embargo, cuando estas se cumplieron, no me sentía preparado para volver a tener móvil. Sin un plazo concreto en mente, decidí prolongar un experimento que acabó durando un año entero.

Como muchos otros antes que yo, descubrí que pasaba demasiado tiempo con el teléfono móvil y que dependía demasiado de él.

Según una investigación de Insider Intelligence, los estadounidenses pasan una media de 4 horas y 31 minutos al día con sus teléfonos. Además, una investigación de la empresa de tecnología Asurion reveló que los mismos estadounidenses consultan sus teléfonos una media de 96 veces al día, es decir, una vez cada diez minutos.

En España las cifras son también preocupantes. Los españoles usan el móvil al día una media de 3 horas y 40 minutos al día, según un estudio de Digital Consumer by Generation, aunque la cifra tiene truco, pues entre los jóvenes de entre 18 y 24 años hay que sumar de media una hora más.

Incluso si logras evitar mirar tu teléfono 96 veces al día, la evidencia científica dice que el simple hecho de tener un teléfono cerca puede impactar negativamente en tus capacidades cognitivas.

Un estudio de 2017 publicado en el Journal of the Association for Consumer Research descubrió que “incluso cuando las personas logran mantener una atención sostenida cuando evitan la tentación de consultar sus teléfonos, la mera presencia de estos dispositivos reduce la capacidad cognitiva disponible”.

Teniendo en cuenta esos impactos negativos, quería saber qué pasaría si de repente dejara mi smartphone: si me sentiría mejor o peor, más productivo o menos capaz de hacer mi trabajo.

Como muchos otros, había tratado mi teléfono como una muleta para entretenerme cuando estaba aburrido o para recordarme un hecho o un acontecimiento que había olvidado. Me había vuelto tan dependiente de él que no estaba segura de quién era sin él. Pero quería descubrirlo.

Aprendí a dejar de lado la ansiedad de sentirme desconectado

Soy redactor y creador de contenidos, y descubrí que cuando me sentaba a escribir no tener el teléfono al lado me permitía entrar en un estado de concentración más profundo.

También dirijo un negocio centrado en los viajes educativos. Pero como los viajes se detuvieron debido a la pandemia y no teníamos grupos en movimiento, no había nunca nada especialmente urgente.

No era un usuario muy activo de las redes sociales en lo que respecta a Facebook o Instagram, pero dependía mucho de WhatsApp e iMessage para mis comunicaciones diarias, y manejaba el correo electrónico principalmente desde mi móvil.

Me di cuenta de que cuando revisaba mis correos electrónicos o mensajes en el ordenador después de volver de un partido de tenis, por ejemplo, nunca había ocurrido nada importante. Llevó tiempo, pero finalmente la ansiedad que sentía por estar desconectado empezó a disminuir.

De repente, podía levantarme y centrarme en lugar de coger el teléfono como primera acción del día. La ausencia de teléfono me permitió hacer un examen de mí mismo muy necesario. ¿Por qué me sentía ansioso? ¿Por qué sentía la necesidad de estar disponible al instante para todos?

También me di cuenta de lo mucho que dependía de mi móvil para cosas básicas como recordar los números de teléfono.

Sabía el número de teléfono de amigos que había conocido hace más de 10 años, antes de la llegada de los smartphones, pero no podía recordar los números de contacto de nadie que hubiera conocido recientemente. Había confiado más en la memoria de mi teléfono que en la mía.

Ahora tenía que anotar el número de teléfono de alguien y luego esperar a llamarle desde mi teléfono fijo si quería contactar con él, lo que hacía que mi comunicación fuera más intencionada. En lugar de enviar mensajes de texto a medias y hacer malabares con varias conversaciones a la vez, me vi obligado a relacionarme con una persona en cada momento.



Me vi obligado a enfrentarme a mis sentimientos cuando me encontraba solo

Con el teléfono, cuando necesitaba una gratificación instantánea, enviaba un mensaje a alguien para obtener validación, pero ya no podía hacerlo.

Sin aplicaciones a la carta, mis vías de escape estaban bloqueadas. Si estaba en un bar sentado solo, y empezaba a sentirme incómodo, ya no podía usar mi teléfono como distracción.

Tenía que enfrentarme a mis sentimientos. Lo mismo ocurría con las conversaciones difíciles. Me di cuenta de que otras personas bajan la vista hacia sus teléfonos, evitan el tema e intentan solucionarlo más tarde mediante mensajes de texto. Pero yo no tenía esa salida fácil.

Presentaba algunos retos logísticos

Por supuesto, también había problemas logísticos con los que tenía que lidiar sin un móvil.

Por ejemplo, no podía pedir un Uber a menos que pidiera prestado el teléfono de alguien, cosa que hice cuando no tenía otra opción viable a la vista, y en general, las cosas requerían más planificación logística, al menos al principio.

Algunas cosas tardaron más de lo previsto y tuve que comunicarme más con la gente a la hora de hacer planes.

Me obligó a aprender a ser un mejor comunicador

Me obligó a aprender a comunicar mejor. También me obligó a deshacer el instinto predeterminado de sacar el teléfono para obtener direcciones. Estaba acostumbrado a que el GPS hiciera el trabajo por mí, pero sin un teléfono ni Google Maps, tuve que pedir ayuda, hablar con otras personas y pedir direcciones.

No estar siempre disponible hizo que mis empleados fueran más autosuficientes

Necesitar ayuda y aprender a pedirla también transformó mi forma de dirigir mis negocios. Me di cuenta de que mis compañeros podían saber más que yo en ciertos temas, y eso no me hacía menos digno a sus ojos. Si realmente queremos construir equipos, tenemos que aprender a estar abiertos a recibir ayuda en el camino.

Me había enorgullecido de responder al instante a todos en mi empresa. Ahora que esto no era una opción, la gente tenía que adaptarse y buscar sus propias soluciones. Aunque al principio fue duro porque a muchos de los que me rodeaban no les gustó el cambio, la nueva situación dio lugar a cambios muy necesarios.

Me di cuenta de que hacía más micromanagement (término que en inglés sirve para aludir a los líderes que dan poca libertad a sus equipos y tratan de controlar cada una de sus tareas) del que pensaba.

También acabé descubriendo que mi personal podía resolver problemas por sí mismo sin esperar a que apareciera yo con la solución salvadora. Se abrió un espacio para que otras personas dieran un paso al frente.

Poco a poco, sentí una mayor sensación de paz interior, lo que también me permitió centrarme más en mi trabajo. En lugar de despertarme contestando al instante e interrumpiendo mis rutinas para responder a todos los mensajes de mi móvil, podía estar plenamente presente con lo que estaba haciendo.

Aprendí que puedo tener una relación más sana con mi móvil

Antes de esto, una de mis actividades más intensas con el móvil era mi negocio de viajes educativos, que, como he mencionado, había detenido sus operaciones en tierra. Sin embargo, al volver los viajes, tenía que codirigir un programa en Nueva York.

Sentí que necesitaba un teléfono para hacer mi trabajo, así que un año después de que comenzara mi experimento, reactivé mi contrato de móvil.

Esto sería una prueba para ver si yo usaba el dispositivo o él me usaba a mí. Me enorgullece decir que ha sido más lo primero que lo segundo.

Ahora, me mantengo concentrado mientras trabajo y respondo en horarios de oficina a aplicaciones como WhatsApp o Telegram pero, por lo demás, intento mantenerme alejado de mi móvil.

Por supuesto, la estrategia no siempre es impecable.

A veces llega el deseo de gratificación instantánea y recurro a los mensajes. O hay veces en las que estoy en grupos sociales y la conversación es aburrida, y como no quiero herir a la gente marchándome, recurro a mi teléfono para consultar los últimos resultados de la ATP o la Premier League.

Pero en general, me siento mucho mejor, y mi ansiedad por sentirme conectado al mundo ha disminuido con el tiempo.

Mi capacidad de ser consciente del presente ha aumentado, y también lo han hecho mis habilidades de comunicación.

Tengo móvil, pero no es mi vida: es una herramienta que utilizo cuando la necesito. Uno de los logros de los que me siento más orgulloso es que ahora mantengo conversaciones importantes en persona o como mucho mediante una videollamada cuando la persona no está en el mismo lugar que yo.

No trato de escapar de situaciones incómodas con mensajes vagos o haciendo el vacío no contestando mensajes.

Los smartphones no son buenos ni malos, simplemente amplían la conciencia de sus usuarios. Pueden mejorar nuestras vidas o empeorarlas. Hacer del teléfono nuestro aliado o nuestro enemigo es una elección.

Javier Ortega-Araiza

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