‘Pobres criaturas’, crítica: un Frankenstein para el nuevo milenio

Una mujer recibe el cerebro de un bebé no nato. El resultado es una criatura híbrida que se lanza al mundo para descubrir todo lo que este puede ofrecerle. La premisa de Pobres Criaturas de Yorgos Lanthimos no es sencilla ni el director la hace fácil de digerir. Lo que sí logra, es convertir a esta pesadilla victoriana, en una sátira sobre la exploración del deseo muy poco común. Tanto, como para que la mayoría de sus escenas se encuentren en un punto intermedio entre la repugnancia, la sorpresa y el interés. 

No es la primera vez que el director logra algo semejante. Sus películas coinciden en un punto: ser una mezcla de humor negro, con historias desagradables. Todo, relatados en guiones complicados que exploran los grises y puntos tétricos de la naturaleza humana. Ya lo hizo en La Langosta, la Favorita y también, en El sacrificio del ciervo sagrado. Tres argumentos unidos por su punto de vista pesimista de la humanidad. Cada uno, a su manera, explora en los grandes temas existencialistas. El amor, el deseo y la muerte. Pero nunca lo hacen de una manera fácil o accesible. 

Sin embargo, Pobres criaturas, es mucho más cualquier otra de las obsesiones del director, sublimadas a buen cine. Es, también, una perspectiva acerca del poder femenino y el miedo que eso produce a la cultura masculina. Incluso, una exploración acerca de la madurez en medio de una sociedad castrante. Eso, unido en un argumento tan original que resulta difícil de comprender de inmediato. Lo que es claro, es que esta versión de Frankenstein es, a la vez, grotesca y brillante. 

Un relato repulsivo y conmovedor

Una combinación que el guion de Tony McNamara — basado en el libro Alasdair Gray publicada en 1992 — logra a fuerza de ser impredecible. En la cinta, no hay nada que se parezca a las habituales fábulas de crecimiento enfocadas en mujeres. De hecho, el argumento es una crónica de la liberación sexual desordenada que resulta atemporal, a pesar de estar ambientada en la época victoriana. Pero, eso no resta brillo a su cuidada puesta en escena o a su apartado visual, barroco y lleno de detalles que recuerdan al steampunk. Aun así, más allá de sorprender, el objetivo de la cinta es contar la vida de Bella Baxter (Emma Stone, lista para un segundo Oscar). Y a eso se atiene.

Una vida que, además, merece ser narrada. De la misma forma que en el original literario, esta joven —  que es un experimento y a la vez, el resultado de una atrocidad —  es feliz por el solo hecho de vivir. No importa el costo. Pero ese apetito, por disfrutar de cada minuto de la existencia, es mucho más retorcido que ingenuo. Yorgos Lanthimos evita cuidadosamente que su cinta sea un recordatorio de la bondad del mundo en su estado primitivo o algo igual de cursi. Antes que eso, Bella, es una fuerza de la naturaleza. Vestida con capas de telas que la sofocan, este fiero híbrido entre un monstruo y una criatura recién nacida, busca su propósito.

Es allí, el punto en el que el guion se vincula con la historia de Mary Shelley. De la misma forma que el monstruo de Víctor Frankenstein, el de Lanthimos se hace preguntas acerca de su objetivo en el mundo. ¿Es solo un experimento o una criatura independiente a creador? Para descubrirlo, tendrá que alejarse de él. Algo que provocará que el doctor Godwin Baxter (un irreconocible Willem Dafoe), intente detenerla. Bella entonces tendrá que renunciar a lo que conoció hasta ese momento — y al hombre al que reconoce como Dios — para explorar en su vida.

Hay una desordenada y frenética alegría en el personaje de Emma Stone. Eso, sin caer en sensiblerías. Lo que más llama la atención de la película, es su negativa a ser agradable o conmovedora. En lugar de eso, esta historia de una criatura nacida de la combinación del cerebro de un feto y una mujer adulta, desafía al espectador a aceptar la incomodidad. Varias de sus mejores escenas — que incluyen piruetas sexuales y conversaciones filosóficas sobre la realidad — se basan en lo grotesco. Pero gradualmente, el director logra unir los trozos de una aventura personal, para convertirla en símbolo de los dolores y maltratos que sufre el sexo femenino. 

Un fascinante acabado visual

Uno de los puntos de mayor interés de la película, es, por supuesto, su apartado visual. No solo por el cuidado detalle de la recreación histórica de una Londres decadente y polvorienta. También, por la estética que rodea a su protagonista. 

Este epítome de la mujer victoriana pálida, de cejas gruesas y largo cabello negro, es, también, una criatura feroz y de energía incontenible. Lo que la fotografía de Robbie Ryan muestra en un mundo a la medida de su curiosidad. Tarros de cristal con animales disecados que se elevan en columnas en un laboratorio caótico, el que ocurre un milagro médico. Una biblioteca que se eleva a metros, con libros de tapas coloridas.

Tanto en Bella — que se mueve en esta casa de muñecas a escala gigantesca — como en lo que la rodea, el cuidado en paletas de colores, telas y texturas es minucioso. Un elemento que hace de la película un largo trayecto para determinar que es importante y que no, en este ambiente recargado. A medida que Bella se despoja de capas de ropa, crinolinas y encajes — para ser libre — la película también desmenuza su escenario. Incluso el rostro cubierto de cicatrices de su padre/Dios se hace más bello, suave en la medida que sus motivaciones se hacen más comprensibles. 

Una película inolvidable

Bella tiene una enorme y gruesa cicatriz que va de su nuca a la parte baja de la espalda. Descubrir el cómo se la provocó, se convertirá, también, en el hilo que une todo el argumento en una historia coherente. Para su tramo final, cuando el personaje va en busca del significado de la vida en un viaje vivencial, el secreto se revela. Pero más allá de eso, se hace peligrosamente cercano a un chiste cruel. Morir y vivir es lo mismo en lo que respecta al argumento. Y su protagonista, es el punto medio entre ambas cosas. 

Con toda la cinta llena de la música de Jerskin Fendrix, la película es una atrevida pregunta acerca del miedo a vivir y el origen de la identidad. Pero sobre todo, es una demostración que su relato — por momentos agobiante, siempre muy bello — está encaminado a una redención. No en la forma habitual de argumentos que también cuentan historias sobre mujeres en búsqueda de ser libres. En esta ocasión, se trata de una mirada al impulso de sobrevivir a cualquier costo, de evitar ataduras y de encontrar el propio lugar en el mundo. El mayor mensaje de esta rara obra, destinada a quizás, ser una de las mejores películas del año.

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